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Día Mundial de las Ballenas y los Delfines: Chile, un corredor estratégico para las grandes ballenas

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Miles de kilómetros mar adentro y también muy cerca de nuestras costas, algunas de las especies más grandes del planeta atraviesan Chile en uno de los espectáculos naturales más extraordinarios del mundo, fenómeno que se puede apreciar con mayor claridad durante el periodo estival. Su paso no es casual: las aguas chilenas constituyen un corredor biológico clave para su supervivencia, pero también uno de los lugares donde enfrentan las mayores amenazas para su conservación.

Cada año, cuando comienza el invierno austral, un silencioso desfile de gigantes recorre las costas chilenas. Son ballenas que han iniciado una de las migraciones más largas del reino animal, un viaje de miles de kilómetros que conecta las aguas tropicales del Pacífico con los fiordos patagónicos y la Antártica. En ese recorrido, Chile deja de ser solo un país costero para transformarse en uno de los corredores biológicos más importantes del planeta.

La magnitud de este fenómeno queda reflejada en una cifra poco conocida: de las cerca de 90 especies de cetáceos descritas a nivel mundial, 43 habitan o visitan las aguas chilenas, lo que convierte al país en uno de los territorios con mayor diversidad de estos mamíferos marinos. Entre ellas destacan algunas de las especies más emblemáticas del planeta, como las ballenas azul, fin, jorobada y sei, además de numerosas especies de delfines y cachalotes.

«Chile posee una ubicación geográfica excepcional. Su extensa costa y la influencia de la Corriente de Humboldt convierten a nuestras aguas en una verdadera autopista migratoria para las grandes ballenas del hemisferio sur. Sin este corredor, muchas especies tendrían muchas menos posibilidades de completar exitosamente su ciclo de vida», explica Dominique Charlin, experta en Biodiversidad de Greenpeace.

Charlin asegura que este largo viaje a nuestro país tiene un objetivo principal: alimentarse. Durante la primavera y el verano austral los cetáceos migran desde zonas tropicales como Gorgona en Colombia, Galápagos en Ecuador o Costa Rica hacia las frías aguas del sur, donde encuentran enormes concentraciones de krill y pequeños peces gracias a la productividad de la Corriente de Humboldt.

Sectores como el Golfo de Corcovado, Chiloé y el Archipiélago de Humboldt funcionan como verdaderos ‘restaurantes naturales’, donde las ballenas recuperan la energía suficiente para emprender nuevamente el viaje hacia aguas cálidas, donde darán a luz y criarán a sus ballenatos. Algunas especies, como la ballena jorobada, también utilizan los fiordos australes como zonas relativamente protegidas para descansar junto a sus crías antes de continuar la migración.

Mucho más que gigantes del mar

El paso de las ballenas por Chile tiene efectos que van mucho más allá de la biodiversidad. Mientras se alimentan en profundidad y luego regresan a la superficie para respirar, fertilizan el océano mediante un fenómeno conocido como la «bomba de cetáceos»: sus fecas aportan hierro, nitrógeno y fósforo que estimulan el crecimiento del fitoplancton, organismo microscópico responsable de producir más de la mitad del oxígeno del planeta y de capturar enormes cantidades de dióxido de carbono.

Ese mismo fitoplancton alimenta al krill, pieza fundamental de la cadena alimentaria marina y base de numerosas pesquerías comerciales.

«Las ballenas no solo dependen de océanos saludables; también ayudan a mantenerlos. Cada individuo contribuye al reciclaje de nutrientes, favorece la productividad marina e incluso participa en la captura natural de carbono. Protegerlas es también una estrategia para enfrentar la crisis climática», agrega la también veterinaria de Greenpeace.

La vocera de Greenpeace añade que, incluso cuando mueren (de forma natural), estos animales continúan prestando un servicio ecológico, ya que sus cuerpos se hunden hasta el fondo marino, donde almacenan carbono durante décadas y alimentan comunidades completas de organismos de aguas profundas.

Un corredor cada vez más amenazado

Sin embargo, y pese a la importancia de estas rutas migratorias, el viaje de las ballenas es hoy mucho más riesgoso que hace algunas décadas.

Uno de los principales peligros con los que se enfrentan son las colisiones con embarcaciones. Diversos estudios ubican a Chile como el país donde se registra la mayor mortalidad de grandes ballenas por choques con barcos, debido al creciente tráfico marítimo que coincide con sus principales áreas de alimentación.

A ello se suman los enmalles en redes de pesca y acuicultura, la expansión de la salmonicultura en los canales y fiordos patagónicos, la contaminación acústica generada por barcos y exploraciones sísmicas, la presencia de plásticos en el océano y la pérdida progresiva de hábitats críticos.

En Chile, la preocupación por estas amenazas ya ha llegado a los tribunales. En noviembre de 2024, Greenpeace presentó dos querellas criminales por la muerte de dos ballenas jorobadas registradas en el Parque Nacional Laguna San Rafael y en la Reserva Nacional Kawésqar, en las regiones de Aysén y Magallanes, respectivamente, las que se siguen investigando en la actualidad. En estos casos, ambos ejemplares fueron encontrados al interior o en las cercanías de centros de cultivo de salmones, con lesiones compatibles con causas antropogénicas asociadas a la actividad acuícola.

“Casos como estos evidencian que conservar las rutas migratorias de las ballenas no depende únicamente de su protección legal, sino también de la capacidad de prevenir y sancionar las actividades que ponen en riesgo su supervivencia. En un país que alberga casi la mitad de las especies de cetáceos del planeta, proteger a estos gigantes del mar es también proteger la salud de los océanos y el equilibrio de los ecosistemas de los que dependemos todos”, asegura Charlin.

En este contexto, localidades como Chañaral de Aceituno, Punta de Choros, Chiloé y diversos sectores de la Patagonia han convertido el avistamiento responsable de cetáceos en una fuente de desarrollo económico local, demostrando que la conservación también puede generar beneficios para las comunidades. Pero el verdadero valor de las ballenas trasciende cualquier actividad turística. Su presencia mantiene el funcionamiento de ecosistemas completos, conecta miles de kilómetros de océano y contribuye a regular procesos fundamentales para el clima del planeta.

En el Día Mundial de los Delfines y las Ballenas, su paso por las costas chilenas recuerda que el país no solo alberga una extraordinaria riqueza marina, sino también una enorme responsabilidad. Porque proteger este corredor migratorio no significa únicamente conservar a algunas de las especies más impresionantes del planeta, sino también resguardar el delicado equilibrio de un océano del que depende, en buena medida, la vida en la Tierra.