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Tu perro sabe cuándo estás triste y cuándo tienes miedo: así es como su cerebro distingue nuestras emociones, según nueva investigación

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Aunque se sabía que identificaban estados completamente opuestos, como la alegría y enfado, una investigación encuentra la primera evidencia de que también son capaces de diferenciar entre dos expresiones faciales humanas negativas.

La historia de la domesticación de los perros comenzó hace unos 33.000 años. Una conversación hecha de gestos humanos ha acompañado la vida de estos animales desde entonces. Un rostro puede anticiparles una caricia, un premio o una amenaza y por eso han evolucionado para leer las expresiones faciales a la perfección. Un equipo internacional de investigadores ha encontrado nuevos indicios sobre cómo interpreta el cerebro canino esas señales. Su estudio, que se publica este lunes, utiliza imágenes de resonancia magnética para mostrar que los perros pueden distinguir entre rostros humanos felices y neutros, algo que la ciencia ya sabía. La novedad es que, por primera vez, encuentran pruebas de que su cerebro también genera patrones de actividad diferentes ante algunas expresiones humanas negativas, como el miedo y la tristeza.

El trabajo, publicado en la revista iScience, ha analizado la actividad cerebral de los perros mientras observaban fotografías de rostros humanos con diferentes emociones. Los autores encontraron una región del hemisferio derecho, situada en el córtex temporal y extendida hacia el núcleo caudado, que respondía especialmente ante las caras felices. Posteriormente, mediante técnicas de análisis, comprobaron que los patrones de actividad de esa región permitían distinguir la felicidad del miedo, el miedo del enfado y de la tristeza.

 
Los experimentos que lo confirmaron
 

La investigación se dividió en dos experimentos. En el primero participaron ocho perros, que observaron fotografías de rostros humanos felices y neutrales, mientras los investigadores comparaban la actividad cerebral producida por ambas condiciones.

El resultado fue un amplio grupo de regiones del hemisferio derecho trabajando. La actividad estaba situada principalmente en el córtex temporal y se extendía hacia el núcleo caudado. También apareció en el córtex piriforme. “Hay una analogía bonita con la resonancia. Es como si el cerebro se encendiera y se llenara de colores”, describe Cuaya.

La localización de esas luces coloridas es importante. Si la diferencia hubiera aparecido únicamente en las áreas visuales más tempranas del cerebro, podría haberse explicado por características como formas, colores, contrastes o movimientos de los rasgos faciales. Pero la actividad se extendía hacia regiones asociadas con un procesamiento visual y social desarrollado. “La actividad para caras felices comparadas con caras neutrales estaba en la región temporal del cerebro y de ahí iba hacia las regiones frontales y bajaba al caudado”, explica Raúl Hernández-Pérez, científico de datos y autor principal del estudio.

El núcleo caudado participa en los circuitos de recompensa. Los autores sostienen que, en estudios anteriores con perros, esta estructura se ha activado ante estímulos asociados a comida, palabras, olores de personas conocidas o señales que anticipan algún tipo de premio.

El segundo experimento, con 12 perros, permitió comprobar hasta dónde llegaba ese efecto y si se repetía ante otras emociones. Los investigadores utilizaron una técnica de aprendizaje automático para analizar patrones distribuidos de actividad cerebral.

En esta segunda fase del estudio, los investigadores analizaron la actividad de todo el cerebro. Y, para su sorpresa, encontraron patrones diferentes entre caras de miedo y enfado, y entre miedo y tristeza. Sin embargo, piden cautela al momento de interpretar estos resultados. “Hay que tener mucho cuidado con decir que los perros comprenden las emociones humanas como nosotros”, agrega la autora y bióloga mexicana.

Los nombres utilizados en el estudio (felicidad, miedo, tristeza y enfado) describen las expresiones que mostraban las personas de las fotografías, pero, apunta, no permiten saber cuál es la experiencia subjetiva del animal.

Asimismo, no todas las emociones fueron identificadas. Esa misma zona del cerebro que identificaba las emociones negativas no permitía diferenciar entre tristeza y enfado. “Esto no significa que los perros no estén detectando esa diferencia. Puede que el cambio sea local y que nuestra técnica no lo detecte”, matiza Cuaya.

También añade otra posibilidad: que para distinguir algunas expresiones los perros necesiten información que una fotografía no proporciona. “Es muy interesante que encontremos estas diferencias entre emociones incluso dentro de una máquina, observando solo fotos”, añade Cuaya. “Imagínate la actividad de su cerebro, que ha de ser compleja y muy conectada, cuando estás con tu perro mostrando tus emociones y dándole todas las pistas que necesita para entender qué es lo que quieres comunicar”, sostiene la bióloga.

Para Paula Pérez, etóloga especializada en comportamiento canino, una de las principales aportaciones del estudio es que permite mirar dentro de lo que otros no habían hecho en el pasado. “Antes teníamos las reacciones conductuales de los perros, pero ahora podemos acercarnos al mecanismo y saber qué áreas del cerebro se activan, qué regiones participan”, comenta la veterinaria española.

“Han visto que el cerebro entero se activa diferente ante emociones con la misma valencia, es decir, con valencia negativa”, agrega Pérez. “Solo vernos puede, quizás, hacer que esa emoción positiva en los humanos funcione para ellos como una buena recompensa social”, añade la etóloga.

También rostros desconocidos

Para evitar que la familiaridad o el vínculo con una persona influyeran en los resultados, los investigadores decidieron aislar ese factor. “Desde el inicio les presentamos solamente caras de gente desconocida”, explica Hernández-Pérez. Las imágenes procedían de bases de datos abiertas y se utilizaron rostros diferentes en cada uno de los dos experimentos.

Los perros que participaron en el estudio habían sido entrenados para permanecer quietos dentro del escáner de resonancia magnética. Y quietos, en este contexto, significa casi inmóviles. “Si se mueven más de tres milímetros durante los seis minutos que dura el experimento, ya no podemos utilizar esos datos”, explica Cuaya.

Muchos de los participantes eran border collies, una raza elegida, entre otras razones, por su tamaño, ya que los perros demasiado pequeños pueden resultar difíciles de estudiar en el escáner.

La muestra también tiene una particularidad que los propios investigadores consideran una limitación. “Son perros que han vivido en un ambiente privilegiado y posiblemente parte de eso explica nuestros resultados”, reconoce Cuaya. Eran animales sanos, sin problemas graves de comportamiento y con propietarios que dedicaban tiempo y recursos a su entrenamiento. “Nos encontramos con que la felicidad tiene una respuesta y una representación especialmente robusta. Pero nunca podemos saber hasta qué punto esto depende de la experiencia de los perros”, añade la bióloga de la Universidad de Viena.

Pérez señala otra limitación: “Todos estos estudios de resonancia magnética tienen pocos individuos”. Entrenar a un perro para que permanezca despierto y prácticamente inmóvil dentro de un escáner requiere tiempo y paciencia. Por eso, considera comprensible que estos trabajos terminen recurriendo a muestras pequeñas y, a menudo, a determinadas razas.

El papel de los humanos

Perros y humanos pertenecemos a ramas evolutivas muy alejadas. “Las estructuras cerebrales que los primates utilizamos para procesar imágenes, detectar objetos y reconocer señales sociales y emocionales no estaban presentes cuando nos separamos de los carnívoros”, explica Hernández-Pérez, investigador de la Universidad de Viena.

Para los autores, miles de años de convivencia pudieron ejercer una presión selectiva sobre la capacidad de los perros para interpretar nuestras señales. “Para ellos somos un compañero social muy importante. Somos un estímulo social muy relevante en sus vidas”, dice Pérez.

Cuaya tiene una opinión similar. “Los perros siempre nos toman como referentes sociales. A pesar de que somos otra especie, somos una especie importante para ellos, para su adaptación y para su bienestar”, apunta la autora. Y comprender esa relación, agrega, podría ayudar también a mejorar la convivencia cotidiana entre ambas especies. “También podemos hacer un esfuerzo más consciente por intentar entender qué nos están comunicando con su cuerpo. Ellos también son seres emocionales”, sostiene.

Fuente: elpais.com